
El huracán dejó una huella imborrable en la República Dominicana, con miles de vidas perdidas y una devastación sin precedentes
Hace 47 años, República Dominicana enfrentó uno de los fenómenos atmosféricos más devastadores de su historia. El huracán David, de categoría 5, tocó tierra cerca del mediodía del 31 de agosto de 1979, entre Haina y San Cristóbal, con vientos estimados en 240 kilómetros por hora.
Su paso dejó miles de muertos, cientos de miles de personas sin hogar y cuantiosas pérdidas materiales.
Pero, más allá de las cifras que registran los informes de la época, David dejó recuerdos que permanecen en quienes lo vivieron. El miedo ante el estruendo del viento, las viviendas destruidas, la falta de electricidad, la búsqueda de refugio y los días de incertidumbre forman parte de una memoria que, casi cinco décadas después, todavía puede reconstruirse a través de sus protagonistas.
Diario Libre recoge las voces de algunos de sus colaboradores para conocer cómo vivieron aquel 31 de agosto y los días que siguieron a la tragedia.
"Eso fue aterrador"
Para el periodista Adalberto de la Rosa, David fue el primer huracán que vivió y aún lo conserva con claridad en su memoria. Recuerda el estruendo del viento y la preocupación de los adultos, que buscaban mantener a los más jóvenes resguardados.
"Eso fue aterrador. Yo decía: ´¿Qué es esto?´. Un ruido estruendoso, fuerte, y los más viejos, más preocupados que nosotros, buscando que estuviéramos en la habitación", recuerda.
Durante los días posteriores, el pan se convirtió en uno de los principales alimentos de su familia, mientras la falta de electricidad complicaba aún más la situación. Al salir de casa, encontró un panorama de destrucción en Santo Domingo Este, con viviendas afectadas y calles inundadas.
A los efectos de David se sumó poco después la tormenta Federico, que provocó nuevas lluvias cuando el país todavía intentaba recuperarse.
"Luego, cuando pudimos salir de ahí, ya a los dos o tres días, cuando fuimos a la casa, era devastador. Todas las casas estaban en el suelo; eso era un desastre", relata.
Cuando el viento pasó por Palenque
Para Milcíades Ortiz, chofer del periódico y oriundo de Palenque, el recuerdo de David tiene otro escenario: el lugar por donde pasó el ojo del huracán.
Tenía apenas 21 años y vivía con sus padres. La familia no se refugió porque, según recuerda, en su comunidad eran pocas las viviendas construidas con materiales resistentes a la fuerza del fenómeno.
La casa familiar, que era nueva en aquel momento, tampoco escapó de la violencia del viento.
"Yo soy de Palenque, donde pasó el ojo del huracán, como le decimos. Nosotros no nos refugiamos porque en mis campos solamente habían dos casas de blocks con plato", relata.
Cuando el huracán golpeó con mayor intensidad, Milcíades llevó a su madre hacia un lugar que consideró más seguro. En medio de la confusión, utilizó un mostrador y sacos de arroz para protegerla mientras las paredes comenzaban a caer.
También tuvo que pensar en sus hermanos menores. Uno a uno, buscó la manera de ponerlos a salvo y terminó refugiándolos dentro de un vehículo que pertenecía a su padre.
"Yo metí como seis hermanitos míos pequeños dentro de un carro grande que papá tenía en ese tiempo… Claro que ahí fue lo duro, porque entonces vino la tormenta Federico; duró un tiempo lloviendo y uno sin tener techo ni nada", recuerda.
Ortiz recuerda que durante aquellos días improvisaba una protección sobre su cama para poder dormir mientras la lluvia seguía cayendo.
Hielo para conservar los alimentos
La periodista Elina María Cruz recuerda el huracán desde una perspectiva marcada por las dificultades que vinieron después: la ausencia de electricidad y la necesidad de conservar los alimentos.
"Entonces, el gran trabajo era de los padres de uno, que tenían que buscar hielo para preservar los alimentos, porque, al faltar la electricidad, no había cómo mantenerlos", recuerda.
En su familia, además, hubo muestras de solidaridad desde el extranjero. Parientes de Montecristi recibieron ayuda procedente de Estados Unidos, con alimentos que se convirtieron en un alivio durante aquellos días.
"Llegó mucha ayuda de Estados Unidos. Habían unos quesos gigantes amarillos y ellos, ayudando a mi mamá, le enviaban quesos, huevos y leche", cuenta.
Pero la ausencia de electricidad también produjo una situación inesperada para los jóvenes de aquella época. Sin clases, sin televisión y con las actividades habituales suspendidas, el tiempo parecía avanzar de otra manera.
Los adolescentes encontraron en el deporte una forma de ocupar las horas mientras el país comenzaba a levantarse de la devastación.
Cruz recuerda aquella etapa como una suerte de "pausa forzada" para una generación que, en medio de la tragedia, buscaba también espacios para distraerse.
Un recuerdo que permanece
Cuarenta y siete años después, el huracán David continúa siendo una referencia cuando se habla de los grandes desastres naturales que ha enfrentado República Dominicana. Las cifras permiten dimensionar la magnitud de aquella tragedia, pero los testimonios muestran su impacto desde la experiencia de quienes tuvieron que enfrentarla.
Para ellos, David no es solo la fecha de un acontecimiento registrado en los libros de historia. Es un conjunto de recuerdos que permanece y que permite reconstruir, desde la memoria de sus protagonistas, uno de los episodios que más marcó a la República Dominicana en el siglo XX.






