
Guadalajara, la segunda ciudad más grande de México, atraviesa una crisis hídrica sin precedentes. El agua de la llave sale color café, maloliente y llena de residuos. Los habitantes exigen una solución al gobierno local, pero el origen del problema es mucho más preocupante: las reservas de agua que abastecen a la ciudad llevan décadas contaminadas. Reportaje de nuestra corresponsal Marine Lebègue en esta región que la ONU calificó de “zona de sacrificio”.
Enrique Rivera se apoya en la barandilla que da a una cascada gigante. Creció aquí, a orillas del río Santiago, que pasa por su pueblo y abastece de agua a Guadalajara, la segunda ciudad más grande de México. El agua de la cascada cae con una capa de espuma blanca y levanta un olor a huevo podrido y a detergente.
“Esas espumas blancas son los jabones industriales y domésticos. Al efecto de la caída, también provocan aerosoles que, según los vientos dominantes, se pueden ir hacia el pueblo del Salto o el pueblo de Juanacatlán. Entonces el problema ya no está solamente en el río puerco, en el río mugroso. Ahora el problema está en el aire, y en el suelo, en la tierra”, explica Rivera.
Esta contaminación viene de una zona industrial situada río arriba del Santiago. Desde los años 60, las fábricas desechan sus residuos tóxicos en el río. La familia de Enrique y su esposa, Garciela, son originarios de El Salto y viven a dos calles de la orilla.
“Lo más pesado que se nos ha hecho, bueno a mí, es lidiar con los enfermos jóvenes. Van a la prepa y un día se vomitan y ya no van a la prepa porque tienen insuficiencia renal. Incluso muchos niños ya nacen con cáncer. Aquí mi vecina al otro lado. Además, son cánceres agresivos”, comenta Garciela.
Para dar pruebas del vínculo entre la contaminación y las enfermedades, Sofía, la hija de Enrique y Garciela, ha llevado a sus hijos, de 8 y 10 años, a realizarse pruebas médicas. Cuenta que “los metales que encuentran en la sangre y orina de mis hijos son: plomo, arsénico, cadmio, mercurio, cobre, cromo, manganeso y aluminio. El aluminio, mi hijo tiene casi seis veces más que lo máximo permitido en un adulto. Y él tiene dieciséis veces más, el aluminio en sangre”.
Sofía presentó estas cifras al gobierno local, pero por el momento, el silencio continúa: “Lo único que nos han dicho es que la única solución es que nos vayamos de aquí. ¿Y uno dónde se va? ¿Uno dónde se va si aquí tiene su patrimonio, aquí tiene sus muertos, aquí tiene su identidad? Aquí uno siendo bien pobre porque las casas no tienen valor. ¿A quién le vendes tu casa, a dónde te vas a ir a vivir? ¿Quién se quiere venir a vivir a tu casa?”, subraya la mujer.La única esperanza para los habitantes del Salto, es aprovechar el impacto mediático generado por la crisis del agua en Guadalajara para llamar la atención de un gobierno local que se niega a ver a estos sacrificados.






